
En muchas oportunidades he pensado que pasaría si me encontrara en una situación donde mi integridad física estuviera en peligro, es decir, si estuviera inmerso directamente en una pelea. Varias veces he tenido ideas disparatadas, como por ejemplo ser un Street Fighter (peleador callejero) y patear traseros a diestra y siniestra, pero acéptemelos soy un verdadero perdedor en cuanto a esto se trata, moriría del miedo si tuviera que pelear con algún hombre, es más también tendría pánico si se tratara de una mujer.
Pero esta condición de avestruz, de esconder la cabeza cuando se siente peligro, no siempre ha sido así, en algún momento de mi vida era una de los muchachos más respetados de mi entorno por tener la fama de peleador y busca bullas, pero lo que nunca supieron todos los que me rodeaban es cuál fue la verdad de los hechos para ganar esta popularidad.
Era el año de 1997, año en el que estaba cursando el segundo de secundaria en el colegio “Cristo Rey”, institución dominada en su entereza por la Hermandad Marista; en esa época conocí al “Gringo”, compañero de clases y un verdadero vago en cuestión de riñas, era él el que me incentivaba a tratar de buscar alguna pelea. “Tienes que ganarte el respeto de los demás”, me decía; yo era reacio a encontrar un contendiente solo por ganarme un supuesto respeto.
Hasta el día en que se armó la grande con “El Cholo”, muchacho extremadamente alto y robusto que gozaba de cierto respeto en el colegio por propinar tundas a compañeros escuálidos y pequeños, como la que gozaba mi persona en ese entonces.
“Cholo dice el chatito de allá que no le puedes rendir ni un raund, que mientras más alto eres más fuerte lloras”
“Listo chato dice que a la hora de recreo se encuentran en el salón para que te patee mismo pelota”
Le reclamé y le dije que no quería pelear, especialmente con ese animal, que seguramente me mataría a golpes y que si quería buscarme una pelea mejor hubiera sido con “El Bolsa”, muchacho que creíamos que sufría de síndrome de Down; a pesar de todos mis reclamos la contienda ya estaba propuesta.
En el salón de clases pensaba en la forma de pedir disculpas a mi opositor sin perder la poca hombría que me quedaba hasta entonces. Miraba el reloj minuto a minuto, escuchaba el tic tac tic tac, llegue a imaginar que escuchaba “Muerto estas Muerto estas”, imaginé también tener un reloj que parara el tiempo para que la maléfica hora del recreo no llegara nunca y poder escapar de la tremenda golpiza que seguramente me iban a dar.
Comencé a rogar a Dios que sucediera cualquier cosa que me librara de tremendo problema, esperaba que mi mamá llamara al colegio para que me den permiso de salida aduciendo que el abuelito del papá del tío de mi vecino había muerto por lo cual tenía que ir apoyar moralmente en tan fatídico suceso (¡si, como no!) , rogué que haya un terremoto en la escala de Richter nivel 10, (La que está estimada para el choque de un meteorito rocoso de 2 km de diámetro que impacte a 25 km/s) y así poder escabullirme entre los heridos para que más tarde yo no sea el fracturado; o por último esperaba que al “Cholo” le diera una diarrea tan fuerte la cual lo tendrían que mandar a su casa y por consecuencia de esto perdiera la memoria, así todo el problema quedaría en el olvido.
¡Ringgggggggg!
Está de más decir que nada de esto último sucedió.
El profesor sale del salón, algunos compañeros también lo hacen y muchos “Misteriosamente” se quedan, “El Negro” (es evidente el porqué del sobrenombre) se autoproclama campana, espera que el profesor esté a una distancia adecuada y grita:
“¡YA SE FUEE!”
Todos los espectadores mueven las carpetas y hacen un cuadrilátero imaginario y comienzan a exclamar:
“PELEA, PELEA...”
En ese momento había mucha gente para arrodillarme a rogar por mi vida, por lo cual sin más remedio, con el cuerpo temblando, me dispuse a sacrificar mi vida por las causas comunes de los indefensos y oprimidos, de la masa minoritaria que éramos: “Los Chatos”.
En el medio del campo de batalla, lo primero que se me ocurrió fue bailarlo y asustarlo con mi técnica de Bruce Lee (si, esa la de los gritos desesperados y movimientos extraños), pero al parecer esto no estaba funcionando por que el forajido comenzó a perseguirme mientras yo retrocedía y retrocedía. Pasaron los minutos (solo tenía que aguantar 15 minutos que duraba el recreo), todo iba bien sin ningún golpe hasta que llegó a amarrarme del cuello y comenzó a golpearme directamente en la cabeza, golpe tras golpe…
Solo esperaba que sucediera un milagro o que terminara el recreo, lo que ocurriera primero.
Casi agonizando en mi intento desesperado de liberarme, suena en mi mente la canción “Eye of the Tiger” esa la de Rocky…
Ahí les dejo un videito para que vean lo que senti en ese momento:
Por reacción de autodefensa, levante un puño y le di un par de golpes directo al rostro; fue un momento glorioso para todos los vapuleados del colegio, era un sentir compartido, casi escuche las gritos y aplausos del público a mi favor al presenciar la escena.
La batalla terminó en mi caso con un dolor de cabeza terrible y él con un labio sangrando.
Muchos dijeron que había tenido mucha suerte, otros comentaron que era yo quien había salido vencedor de la pelea y otros más contaron por varios años la historia del David y Goliat moderna.